lunes, 16 de mayo de 2016

El Ser, un equipo heterogéneo

La capacidad de integrar contradicciones es signo
de madurez y calidad del desarrollo personal. La necesidad
de aislar aspectos que no se desean ver en la realidad
o reconocer en sí mismo reflejan a  un Ser débil
o inmaduro, que se fractura ante la presión de los conflictos.


DEFINIENDO AL YO


Con frecuencia escuchamos hablar del Yo de una persona. Y tratamos de imaginar un lugar, un núcleo donde ese Yo se esconde, o una actitud en que ese Yo se expresa.

También decimos “tiene un gran ego” cuando alguien se muestra muy seguro de quién es o, en el peor de los casos, cuando se cree el centro del mundo.

Aunque desde la psicología se puede interpretar de diferentes maneras, para el tema que nos ocupa nos referiremos al Yo como a una función de la mente, la función de síntesis, la que reúne nuestras distintas facetas en una unidad. Esa función es ventajosa en la medida en que nos permite sentirnos coherentes y consistentes, pero tiene su riesgo: que para ser “de una sola pieza” nos exija dejar afuera aquellos aspectos contradictorios y a veces más interesantes de nuestra personalidad.

Cuando dos o más tendencias entran en conflicto, nos muestran la riqueza y complejidad de nuestra personalidad y la diversidad de nuestras emociones y experiencias. Si nos obligamos a silenciar algunas de las voces de nuestro “equipo interno”, nos perdemos el potencial de encontrar soluciones alternativas a los conflictos, y nos empobrecemos con actitudes rígidas y estereotipadas. Al simplificar, mutilamos la complejidad de nuestro Ser.


EL SER TAMBIÉN ES UNA RED


“Debemos ver que todo ser, incluso el más encerrado en la más
banal de las vidas, constituye en sí mismo un cosmos. Lleva en sí sus
multiplicidades interiores, sus personalidades virtuales, una infinidad
de personajes quiméricos, una poliexistencia en lo real y lo
imaginario, el sueño y la vigilia, la obediencia y la trasgresión,
lo ostentoso y lo secreto… Cada uno contiene en sí galaxias
de sueños y fantasmas, impulsos insatisfechos de
deseos y de amores, abismos de desgracia, inmensidades de
indiferencia congelada, abrazos de astros de fuego...”.
Edgar Morin
Los siete saberes necesarios para la educación del futuro


El Ser es la persona total, y se constituye desde variadas fuentes: modelos de identificación, valores familiares y sociales, experiencias positivas y negativas, aptitudes y limitaciones. Y, más adelante, los conocimientos que se irán adquiriendo a lo largo de la vida.

Desde esa red de elementos que interactúan entre sí, cada persona percibe, piensa y actúa.

Pero ciertas identificaciones demasiado rígidas y aquellos valores que nos parecen incuestionables generan zonas duras de la personalidad que se cristalizan, empobreciendo la red.

Otras veces las zonas rígidas se forman por el intento de mantener un equilibrio que ya nada vuelva a desestabilizar, aun al precio de dejar inmóviles parte de los propios recursos.

Esas partes del Ser pierden flexibilidad, sensibilidad, permeabilidad y adaptabilidad a lo nuevo. A lo largo de los años, esta “artrosis” de la personalidad nos transforma en caricaturas de nosotros mismos, en las que solo se destacan a gruesos trazos nuestros defectos y virtudes.
Virtudes que llevadas a un exceso, son también otros tantos defectos.
Y no es casual que sean esos rasgos de carácter, marcados y exagerados, los que nos impiden entrar en sintonía con los otros. En otras palabras, los que nos hacen difíciles, poco dúctiles, a veces hasta insoportables para los demás.

Lo notable es que la rigidez en la forma de ser y la tensión en las actitudes son siempre consecuencia de zonas débiles e inseguras que a veces arrastramos desde nuestra historia.

Al igual que pasa con el cuerpo, cada zona débil activa la tensión en una región compensadora. La debilidad en los músculos de la espalda lleva a la contractura de las cervicales. La debilidad de los abdominales al dolor de cintura; la de los cuádriceps, a los dolores de rodilla.

Y para peor, ante cada nueva situación en la que nos sentimos débiles, reaccionamos con más tensión y en un círculo vicioso, neutralizamos la posibilidad de aprender y crecer. Así perdemos conectividad y apertura, perdemos la red.


CÓMO SE ORIGINA EL SER


Desde el comienzo de la vida tendemos a constituirnos en una unidad.
Allí la imagen, la palabra, la presencia viva de los otros, sostienen y acompañan la integración del Ser, en un sistema dinámico que articula la mente, las emociones y el cuerpo.

Estas tres fuentes entramadas constituyen el tejido vital que tendrá que ser capaz de contener y absorber todas las nuevas experiencias a lo largo de la vida.

Los individuos y las organizaciones son seres vivos, con un potencial dinámico de integración, pero conservan la capacidad de volver a estados de menor integración, más laxos y caóticos. Es en esos estados donde se hacen posibles el crecimiento y el cambio.

Comenzar a desarrollar un Pensamiento en Red es aprender a sostener y tolerar el desorden creativo, evitando la cohesión simplificadora y preservando la energía de la diversidad.


SER, HACER, TENER Y LOS CAMINOS DEL ÉXITO


Cuando no estamos fragmentados en diferentes roles, hay una continuidad entre lo que somos y lo que hacemos, y el hacer deriva naturalmente del Ser. En esos estados, todo lo que hacemos nos hace crecer como personas totales.

Por el contrario, cuando hacemos compulsivamente como forma de huir de nosotros mismos o de demostrar lo que no somos, nos vamos empobreciendo y perdiendo el sentido de realidad de nuestra vida.

La persona integrada se siente libre, autónoma, responsable y confiada en su capacidad de aportar algo al mundo que lo rodea. En cambio, cuando representamos un rol, nos sentimos a la vez vulnerables y prisioneros.

El adulto sano es capaz de hacerse cargo de sus pensamientos, actos y decisiones, de reconocer sus logros y de aceptar las consecuencias de sus errores y fracasos, sin necesidad de depositar en los otros sus aspectos idealizados o desvalorizados. También dispone de la capacidad de jugar y el humor como espacio mental y verbal en que la persona se siente libre y es capaz de transmitir esa libertad a los que lo rodean.

A su vez, el Ser integrado también se relaciona de un modo especial con el tener. Cuando la autoestima se sostiene en variadas fuentes de su propia historia, saberes y experiencias, los logros no son simples disfraces, títulos o trofeos, sino auténticos derivados de la persona total. El éxito vacío, en cambio, como un globo inflado, es siempre angustiante, ya que nos hace sentir amenazados ante la menor crítica o error.

Existen momentos en la vida en que recortamos alguna faceta de nuestra personalidad en busca de un objetivo lineal. El machismo de los varoncitos de diez años, por ejemplo, proviene de la necesidad de remarcar los rasgos varoniles con el fin de asegurarse una identidad masculina. Se burlan de las nenas y si tocan una muñeca, lo hacen con evidente desprecio o como si tuvieran miedo de contagiarse de algo. Pero luego de la adolescencia, su masculinidad solo será completa si logran reincorporar aquellos aspectos de los que renegaron. Eso los hará mejores hombres, mejores padres y mejores amantes. Y más sensibles, creativos y empáticos.

Del mismo modo, a veces renunciamos a nuestra parte más informal o bohemia para asumir un trabajo de gran responsabilidad y exigencia. Y, al pasar el tiempo, descubrimos que estamos atascados, sin poder seguir avanzando en nuestro desarrollo, justamente porque nos faltan la fantasía y la libertad de improvisar. La pauta de fragmentación nos aleja de nuestros recursos genuinos.

A lo largo del crecimiento laboral, muchos renuncian o hasta reniegan de sus talentos innatos y habilidades no convencionales. Luego, no entendemos por qué se sienten sin energía, pasión o recursos. Sus jefes buscan incentivarlos con estímulos, premios y castigos, cursos de motivación, sin resultados positivos.

En realidad la madurez solo es posible cuando volvemos a integrar esas facetas descartadas, reabriendo los canales clausurados, recuperando lo perdido en la formación especializada, los talentos ocultos o acallados, las raíces familiares y culturales de cada uno.

Cuando nuestros soportes son múltiples y variados, estamos en red. Y cuanta más red tenemos, más seguros y confiados nos movemos. Y el sentimiento de continuidad, de seguir siendo quienes somos, nos permite relajarnos y cambiar.


VARIOS PERSONAJES EN BUSCA DE UN LÍDER


Estamos constituidos por numerosos y disímiles personajes internos, un precipitado de cualidades, defectos y actitudes de todos los modelos que hemos tenido a lo largo de nuestra vida. En cada uno de nosotros, este elenco con el que representamos nuestro guión interno será diferente. Y sin embargo, hay algunos personajes que son arquetípicos: el censurador, el atrevido, el tímido, el insatisfecho, la parte femenina en el hombre, el varoncito en cada mujer.

Cuando aprendemos a identificar a nuestros diferentes personajes, recuperamos la energía de los opuestos, que habitualmente se neutralizan. Si nos tomamos el tiempo de escuchar todas la voces, en cada decisión surgirá un “líder natural” que llevará la voz cantante.

Lo notable es que, si los reconocemos y trabajamos con ellos, los personajes evolucionan. Algunos se alejan y aparecen nuevos, otros maduran y se vuelven más sabios.


EXISTENCIA Y CREATIVIDAD


“He intentado no hacer nada en la vida que
pudiera avergonzar al niño que fui”.
José Saramago
Las pequeñas memorias


El sentimiento de estar vivos está ligado a la oportunidad de funcionar creativamente. Cuando este impulso no existe o se ha perdido, surgen el vacío y la sensación de que la vida no tiene sentido.

Ante la dificultad de sentirse existir, la alternativa será vivir reaccionando; pero reaccionar interrumpe el existir y aniquila el desarrollo de la persona. En estos casos, la imaginación está empobrecida y en su lugar observamos una compulsión a hacer cosas concretas y una necesidad permanente de estímulos externos.

A veces, estas personas parecen “prometedoras”, y hasta pueden alcanzar grandes logros. Sin embargo, en las relaciones afectivas, en aquellas situaciones en las que hace falta una persona integral, comienzan a fallar. Fracasarán probablemente en la relación con los hijos, en la intimidad afectiva y en las facetas de su trabajo que precisan de la espontaneidad.

Pueden ser mentes brillantes pero desconectadas del cuerpo y las emociones, delineando un perfil reconocible: pensamiento lineal y desconexión de los afectos, frecuentemente acompañada de trastornos psicosomáticos.

Esto los hace más vulnerables al estrés, originado en una relación permanente y agotadora con los estímulos, con pérdida de la posibilidad de conectarse consigo mismos.

Estas personas viven con la amenaza permanente del propio derrumbe, que a veces puede concretarse en la realidad. El mundo observa logros en una personalidad exitosa, y puede resultarle difícil creer en el real sufrimiento de ese individuo, que se siente más falso cuanto más triunfa. La sensación de impostura es permanente, así como la vivencia de la propia vulnerabilidad.

Algunas personas que fueron creativas en distintos momentos de su vida perdieron esa posibilidad. Ciertas experiencias, o las exigencias y limitaciones impuestas por la realidad social o laboral, pueden ser la causa de esta devastación. Son personas que padecen un intenso sufrimiento al recordar y añorar aquella capacidad perdida.
Sin embargo, la creatividad, aun dañada o reprimida, nunca es destruida totalmente, sino que se mantiene escondida.


EL SER Y LOS OTROS: SHOW OFF Y EMPATÍA


Todos necesitamos del reconocimiento de los otros como parte de nuestra autovaloración y bienestar. Lo notable es que, si una persona no ha recibido durante su infancia una respuesta empática –a través de la mirada de los adultos – esto no solo dañará su propia capacidad de empatizar con otros, sino que generará una extrema avidez por obtener grandes dosis de empatía por parte del entorno actual, de la que dependerá como de una droga.

Recuerdo una anécdota de Fernando, un actor teatral muy exitoso que se había hecho tan dependiente del reconocimiento que ya no toleraba la menor fisura en su vivencia de triunfo absoluto. Un día pudo expresarlo de este modo: “Veo la sala colmada de público y me siento poderoso. Pero de repente registro una sola butaca vacía y es como un agujero negro que me traga, y ya todo pierde sentido”.

En determinadas circunstancias, todos podemos enfermarnos de adicción al reconocimiento.

En esos momentos buscamos torpe y desesperadamente ser valorados por el otro, y este reconocimiento forzado se provoca de diferentes maneras, cada una con sus previsibles consecuencias.

Algunos se muestran débiles o atormentados. En este caso, se genera un acercamiento, pero rápidamente el recurso se agota y el otro huye.
Están también los que regalan o auxilian compulsivamente a los otros.
Allí se activa la avidez de los demás, y el sentimiento del “altruista” de estar siendo usado. En realidad, es el donante quien usa a los otros como proveedores empáticos, y al manipularlos con ofrendas genera una adhesión por interés.

Otros exhiben sin pudor sus propias cualidades, aptitudes y logros. Si los logros son ficticios o superficiales, solo provocarán la risa y el ridículo. Pero si son reales, aparecerán la envidia y los ataques agresivos.

Así, resulta que la necesidad compulsiva de empatía se expresa por un exceso en pedir, dar y mostrar, y se pierde la capacidad de mirar, intuir, comprender.

En todos los casos, el emisor está desconociendo o desconsiderando las necesidades del receptor, al que usa como espejo y no en su espesor humano.

Si estas personas logran comprender lo que les sucede, descubrirán que la única alternativa ante la propia necesidad empática es ejercer una real empatía, abriendo su red para escuchar y registrar al otro, con la confianza de saber que la corriente empática continuará fluyendo también hacia él.

Y sin empatía, las personas, familias y equipos no se sostienen. Si el otro es alguien a quien apenas conocemos, toda la relación estará basada solo en el prejuicio. Y el prejuicio no es una red viva, sino una dura malla de acero que sofoca al individuo y a los grupos.


Capítulo 9, extraído del libro: "Pensamiento en Red. Conectando ideas, personas y proyectos". Dra Sonia Abadi



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