miércoles, 24 de mayo de 2017

Mañana estaré participando como Speakers en Montevideo UY. en el Congreso de Mujeres OMEU. Hablaremos sobre #Liderazgo #Colaboración y la importancia de las #redes para desarrollar y conectar líderes.



miércoles, 17 de mayo de 2017

ANIMARSE A SOLTAR LAS REDES SOCIALES


Pasar mucho tiempo en Facebook, Twitter e Instagram puede generarnos estados de ansiedad y desasosiego. Por eso, la psiquiatra Sonia Abadi propone reemplazar la sobreexposición a las pantallas, por cosas tan simples y genuinas como escuchar música, pintar o encontrarse con alguien para tomar un café. ¡A soltar!


Por: Sonia Abadi*

En Estados Unidos se puso de moda, últimamente y sobre todo entre las celebrities, volver a los celulares con tapa. Quienes optan por usar teléfonos plegables, útiles solo para recibir llamadas y mensajes, dicen que el sentido es bajar el nivel de adicción a mirar la pantalla a cada instante y evitar la dependencia a la información y al contenido de las redes sociales.
No me sorprende. A veces mirar excesivamente Twitter me genera  la sensación de estar todo el tiempo quedándome afuera de algo. Twitter −tanto como pueden serlo otras redes como Facebook− es una vidriera donde la gente exhibe lo que piensa y lo que hace. En mi caso, estoy atenta a lo que postean personas que dan charlas y talleres, viajan por trabajo, se reúnen con otras personas interesantes, reciben reconocimientos. Me gusta participar, aprender, opinar, compartir experiencias.
Pero hay días, quién sabe por qué, en los que consumo sobredosis de redes sociales. Y la sensación que me queda al final del día es de cierto malestar. Pienso: “Me estoy perdiendo muchas cosas”, “Me estoy quedando atrás”,  “No estoy haciendo todo lo que tendría que hacer”. Típica resaca de este exceso de estímulos que no logro metabolizar.
La pantalla es, sin duda, un espacio exhibicionista de múltiples tentaciones que produce en el voyeur un estado de excitación permanente con sensación de desosiego, insatisfacción e inadecuación. Algo parecido sucede con las revistas que publican exclusivamente la vida del jet set y de la farándula: puras fotos que muestran gente bella realzando su cuerpo, su ropa, sus posesiones. La experiencia de consumir estos contenidos en cantidades desmesuradas suele ser una mezcla de curiosidad, fascinación y excitación que –casi siempre- culmina en desencanto, en la sensación de que una no es lo suficientemente linda, joven, importante o glamorosa para vivir en este mundo.

“Consumir en exceso el contenido de las redes sociales puede generar sensación de desosiego, insatisfacción e inadecuación”.

El exceso de estímulos exhibicionistas deja un sentimiento de insatisfacción e inseguridad que puede derivar en un estado depresivo y paralizante o en la ansiedad enloquecedora de tener que participar compulsivamente de todo, todo el tiempo.
Cosas tan simples y cotidianas como salir a caminar, escuchar música, leer un libro, cocinar, pintar o tomarse un cafecito y conversar con alguien “en vivo” son experiencias que, en cambio, nos enriquecen, nos hacen sentir más reales, creativos y productivos. Se puede estar en las redes un rato y sentirse estimulado por ser parte de algo más amplio que nos trasciende. Pero el exceso de la vida a través de la pantalla sólo nos deja solos y excluidos, como quien mira el mundo a través de una ventana.
Quizá haya que tomar la decisión a tiempo de dejar de ser un consumidor indiscriminado de las puestas en escena que montan las distintas pantallas a las que nos exponemos; de hacer consciente aquello que dejamos entrar a nuestro campo de atención a través de las redes, pero también de las revistas, la televisión o la radio, por caso. Y, si bien es inspirador y motivacional ver qué hacen otros, también es saludable dosificar ese tipo de aproximación. ¿Para qué? Para centrarnos más en lo que uno es, puede y hace. Para aprovechar mejor la energía y usarla en proyectos genuinos y productivos y, en vez de vivir en un mundo de fantasías frustrantes, construir realidades que alimenten nuestra vida.
*Sonia Abadi es médica, psicoanalista e investigadora en innovación y redes humanas.


EL 25/5 ESTAREMOS TEJIENDO REDES CON LAS MUJERES EMPRESARIAS DE URUGUAY


OMEU es la Organización de Mujeres Empresarias del Uruguay. Tiene como principal objetivo empoderar a las mujeres uruguayas para que participen plenamente en la vida económica del país.

La organización promueve la formación permanente, capacitación y desarrollo de sus socias, ofreciendo además de aporte teórico, talleres y mentorías, esenciales para impulsar sus emprendimientos. Asimismo, favorece las oportunidades de interrelación e interacción entre socias para mejorar la perfomance de sus empresas y vincularse con mujeres líderes del Uruguay y del mundo.  





lunes, 20 de febrero de 2017

Reinventarse después de los 50




Con los pies sobre la tierra y ganas de seguir volando, llegan algunas mujeres que superaron los cincuenta y más. Mujeres que atravesaron el llamado “techo de cristal” que les impedía crecer a la par de los hombres y lo hicieron en base al talento, el esfuerzo, la osadía. Ya casi ni se cuestionan si los machistas no las consideran. Ellos vieron o verán muy pronto lo que ellas valen.
La autoestima está firme, los logros también. La relación con el mundo de los hombres, tanto como con las otras mujeres, es serena. Ya se han superado incontables desafíos.
Casadas, libres o con una nueva pareja. Con recursos propios, ¿y ahora qué?
Quizá, llegó el momento de disfrutar de la vida. O de capitalizar la experiencia para ayudar a otras, o a otros, ese contrapunto delicado y fascinante, que reúne las ganas de brindarse a sí misma con el deseo y el compromiso de no desechar la experiencia adquirida.
Ella piensa: ahora me toca disfrutar, viajar, formar una nueva pareja. Cultivar un hobby, aprender algo nuevo. O hacer más gimnasia, bailar, jugar al golf. El cuerpo ahora requiere más cuidados de salud, de bienestar, incluso −para las más coquetas− estéticos. Están las que se dedicaron a la carrera y no construyeron una familia, pero sí formaron alumnos y aprendices que las mantienen enfocadas en una noble tarea: la de acompañar a crecer.
Son muchas las que tienen hijos, algunas hasta nietos, pero las jóvenes abuelas ya no vienen como las de antes. Cuidan chicos… a veces. Juegan con ellos, sí, pero un rato. Y ayudan a sus hijos hasta donde les alcanzan las posibilidades y el tiempo. Ya no pretenden sacrificarse en pos de un otro, si eso las lleva a perder de vista sus propias inquietudes.
Para ellas, el legado familiar está garantizado. Pero ahora se plantean otro legado: el de los sabereslas habilidades profesionales y laborales.
Tienen la intuición de que vale la pena capitalizar lo adquirido para compartirlo con otros, con otras, con la comunidad entera. Entonces, una mañana se levantan diciéndole al mundo: “Ahora me toca a mí, ya aprobé todos los exámenes, no tengo más nada que demostrar”. Y por la tarde, se preguntan: “¿Y todo lo que aprendí? ¿Y todos los recursos que tengo?”. No sólo en su especialidad profesional, sino en la vida y en el trato con la gente.
Ese es el momento en que tantas deciden reinventarse. Conozco a algunas que escriben libros o publican artículos en diarios y revistas. Otras que dirigen esas mismas revistas o producen sus propios programas de radio. Incluso hay quienes crean un proyecto totalmente nuevo, en un ámbito que nunca habían explorado.
Están las que lideran o participan activamente en una ONG, son mentoras en una red de mujeres o se rediseñan como consultoras en su especialidad.
¿Un nuevo esfuerzo o una gran oportunidad? Quizá una manera de conciliar ese prodigioso conflicto que acompaña a la madurez: disfrutar más de la vida y dejar un legado al mundo.
Considero que no alcanza con llegar a cumplir los propios sueños u objetivos, si no percibimos y potenciamosel sentido que tiene para otras mujeres, para las nuevas generaciones y para el mundo lo que hemos aprendido, descubierto, realizado.
Desarrollar al máximo nuestro potencial tendría que ser un desafío fuertemente incorporado a nuestros valores. Pero también deberíamos asumir la responsabilidad, y el placer, de que eso sea valioso para otros.
Estamos hablando de trascender, no sólo a través de los hijos o de la receta sabrosa y original de una abuela, sino además ir más allá de la familia. La mujer de hoy percibe claramente que tiene un lugar en el mundo más extenso del que se le asignaba y una influencia en la sociedad más profunda de la que se percibía décadas atrás.
El desafío es no ceder a la renuncia disfrazada de pereza o de ganas de “disfrutar”. El desafío es seguir siendo parte activa de los cambios, mujeres activas ante lo nuevo. La tentación está: muchas suelen decir que ya hicieron su parte y que es hora de refugiarse en el descanso y el disfrute de las pequeñas cosas. Pero conviene darse cuenta a tiempo de que todo refugio se transforma inevitablemente en prisión, que nos deja afuera de la dinámica de la vida. Allí es cuando aparecen el sentimiento de aislamiento, de soledad, de sinsentido. Y toman el mando las preocupaciones obsesivas por la edad, por el cuerpo, por la jubilación y el dinero.
Por eso, el camino es ser cada vez más una misma, para seguir creciendo, explorando, aprendiendo como antes. Pero brindarse, compartir lo vivido y lo aprendido de una manera totalmente nueva. Mentorear a otros, escribir, enseñar, colaborar en la obra de alguien más.
No se trata de actividades. No estamos hablando de que la mujer se distraiga, se entretenga o se consuele por “lo perdido”. La misión es que pueda poner en valor y multiplicar todo lo que tiene. Existen infinidad de propuestas para disfrutar de la vida y entretenerse. Y está bien, en esta etapa de cosecha, darle más tiempo y espacio al disfrute bien ganado. Pero esos placeres no deben reemplazar totalmente a una vida laboral que fue intensa por actividades para “matar el tiempo” o “no aburrirse”. Porque lo que realmente nos hace felices y sostiene la autoestima, es seguir generando sentido y trascendencia.

Dra. Sonia Abadi


Artículo publicado en Revista Sophia el 20 de Febrero de 2017